LABERINTOS Y MANDALAS
El laberinto griego en Creta esconde a la bestia, el toro por abatir. El hombre ante el animal, en un cara a cara donde el primero, habiendo superado las dificultades de acceder y adentrarse por el laberinto -es decir los padecimientos de la vida misma- llega al fin a una lucha a muerte con otro ser viviente, proyección encarnada de la tensión mantenida entre el impulso natural, más primario, desatado, simbolizado por el toro, y la condición cultural del ser humano que se pretende superior, tras el aprendizaje del laberinto.
La diosa Ishtar, en la leyenda Asíria-Babilónica accede y se adentra por el laberinto desprendiéndose progresivamente de prendas de ropa llegando generosamente desnuda al final del trayecto dónde habitan los muertos. Liberados de la vestimenta, del disfraz con el que nos movemos en la tierra de los vivos, abandonando el sentido de posesión, desprendiéndonos de la carnalidad, hasta del mismo yo, sólo así accedemos a la interioridad del ser, espíritu, energía, posibilidad de unión en la vacuidad, en la tierra del no ser.
El mandala budista esconde en su interior la liberación. Es el hombre delante del mundo, ante los otros, expresa las dificultades de acceder a la esa libertad desprendiéndonos del sufrimiento, sin romper el hilo de vida que prosigue en el interior del mandala, pero culminando en la pacificación interior, la de la mente, superando el conflicto del pensamiento por la unidad en la vacuidad.
En el mandala queremos eliminar el monstruo de la contradicción, de la dualidad, sin el trauma de la violencia en la acción. El mandala del Kalachakra por ejemplo, construido pacientemente durante días con granos de arena de diferentes colores, acaba en la disolución física transformándose en polvo. Pasando así de creación de la mente a sustancia dispersada en la materialidad anónima del cosmos, que es también difusa energía.
El laberinto egipcio, antecesor e inspirador del cretense, construido en el interior de las pirámides participa de una común significación, el camino a seguir en la vida para llegar a trascender a la muerte. Intrincados pasillos nos pueden dejar sin salida, dónde nos hará falta retroceder en la búsqueda, en la oscuridad, pero también con la posibilidad de transitar acompañados de un guía experimentado, conocedor de las dificultades del recorrido, para llegar al objetivo, al final de la senda, en la estancia de la muerte,que es transformación, liberación de esta vida. También el toro es el animal sacrificado en Egipto, dios-toro símbolo de la naturaleza que necesita morir para renacer, como el ciclo de las estaciones, como las plantas que mueren dejando la semilla para un nueve nacimiento.
De las catacumbas cristianas a los refugios subterráneos de los vietnamitas en la última guerra, la fuga interior representa el ingenio humano ante la fuerza salvaje amenazadora.
En los manadles se simboliza el universo, la sociedad, el hombre. En el Kalachakra se representan los diferentes pasos a dar, subiendo peldaños, abriendo puertas, recorriendo aposentos llenos de representaciones del cuerpo, la palabra, la mente y la conciencia para llegar finalmente a la residencia del gran gozo, el último de los edificios recorridos, el más elevado. El primer aposento, el del cuerpo, quiere darnos a entender la mutabilidad del ser humano, para poder ofrecerlo con generosidad, liberándolo de deseos inútiles. El ascenso por entre los aposentos demanda un proceso de purificación, limpieza de toda la negatividad, controlando emociones aflictivas de deseo, odio, etc., en la meditación, ascendiendo hacia la vacuïtat, el gran gozo, ausencia de dualidades, límites, conflictos. Experiencia de unidad, ausencia del yo.
Entre el laberinto egipcio y los manadles budistas del siglo VII hay todo un prolífico recorrido de ideogramas en las distintas culturas, de Roma hasta el Tibet que con más o menos fortuna han dejado rastro visual o escrito. Diagramas astrológicos, mitraistas, gnósticos, maniqueos o cristianos, más tardíos estos últimos dada la prohibición iconográfica entre los judíos. Coinciden todos ellos pero en unos mínimos elementos, son diagramas que partiendo de un centro dónde se simboliza un inicio en el relato de la creación cósmica, se expanden en sucesivas capas periféricas generadas por la acción del primero, con figuras alegóricas de los planetas, estaciones del año, meses, virtudes o defectos humanos, con intención a veces estética y generalmente doctrinal, con el objetivo de superación en el trayecto vital, de liberación, que va del cuerpo-materia a la mente-espíritu.
Jordi Vilanova
20.04.2001
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