Los pírricos proclaman el movimiento, la duda y la búsqueda sin asegurar nada, sin responder de nada. De las tres actividades del espíritu, la imaginativa, la apetitiva y la consintiente, aceptan las dos primeras; la última la mantienen y conservan ambigua, sin inclinarse hacia un lado u otro y sin aprobar cosa alguna por liviana que sea.
(...) Y este estado de su entendimiento, recto e inflexible, que acepta todas las cosas sin aplicación ni consentimiento, les lleva a su ataraxia, que es una condición de vida apacible, tranquila, exenta de las agitaciones que recibimos por impresión de la idea y el conocimiento que pensamos tener de las cosas. De lo que nace el temor, la avaricia, la envidia, los deseos inmoderados, la ambición, el orgullo, la superstición, el amor por la novedad, la rebelión, la desobediencia, la obstinación y la mayoría de los males corporales. Líbranse así incluso del celo por su disciplina. Pues discuten muy suavemente.
(...) ¿Hay acaso cosa alguna que os puedan proponer para aceptarla o rechazarla que no sea susceptible de ambigüedad? Y si los demás se ven empujados, bien por la costumbre de su país, bien por la educación de sus padres, bien por azar, como por una tempestad, sin juzgar ni elegir, incluso a menudo antes de la edad de discernir, a tal o tal otra opinión, a la secta estoica o epicúrea, con la cual se hallan hipotecados, esclavizados y unidos como en una trampa de la que no pudieran liberarse: "Arrojados como por la tempestad a una doctrina cualquiera, se aferran a ella como a una roca" (Cicerón). "¿No es acaso cierto privilegio hallarse libre de la necesidad que ata a los demás? "Tanto más libres y más independientes cuanto más intacta está su capacidad de enjuiciar" (Cicerón).¿No vale más permanecer indeciso que enfrascarse en tantos errores como la imaginación humana ha producido? ¿No vale más dejar la convicción en suspenso que mezclarse en esas divisiones sediciosas y pendencieras? ¿Qué elegiré? -¡Aquello que os plazca con tal de que elijáis! He aquí una necia respuesta a la que sin embargo parece que llega todo dogmatismo que nos permite ignorar lo que ignoramos. Considera el partido más famoso, jamás será tan seguro que no hayáis de atacar y combatir cientos y cientos de partidos contrarios para defenderlo. ¿No vale más mantenerse fuera de esta lucha?
(...) ¿Cuán diversamente juzgamos de las cosas? ¿Cuántas veces cambiamos de ideas? Lo que creo y sostengo hoy, créolo y sosténgolo con toda convicción; todos mis útiles y todos mis resortes empuñan esta opinión respondiéndome de ella todo cuanto pueden. No podría abrazar otra verdad, ni conservarla con más fuerza que ésta. Entégome a ella por entero, entrégome a ella de verdad; más, ¿acaso no me ha ocurrido no una vez sino cien, sino mil, y todos los días, el haber abrazado alguna otra cosa con estos mismos instrumentos, en estas mismas condiciones, para después juzgarla falsa? Al menos hemos de volvernos sensatos, a nuestra propia costa. Si a menudo me he traicionado bajo este color, si mi piedra de toque resulta falsa de ordinario y mi balanza desigual e injusta ¿qué seguridad puedo tener esta vez, mayor que las demás?
Montaigne, Michel de. Ensayos II, cap XII, Apología de Raimundo Sabunde.2º ed. Madrid: Editorial Cátedra 1993.
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